Cuando un artista crea una imagen, siempre está también superando su pensamiento, que es una nada en comparación con la imagen del mundo captada emocionalmente, imagen que para él es una revelación. Pues el pensamiento es efímero; la imagen, absoluta. Lo bello queda oculto a los ojos de aquellos que no buscan la verdad. Precisamente el vacío interior de quien percibe el arte y lo juzga sin estar dispuesto a reflexionar sobre el sentido y la finalidad de la existencia de éste, ese vacío seduce más de la cuenta y lleva a una fórmula vulgar y simplista, al "¡No gusta!" o "!No interesa¡", el argumento de quien ha nacido ciego y pretende describir el arcoiris. -Andrei Tarkovski-

Imágenes y Palabras ( Crítica y debates sobre cine)

Declaración de principios: éste NO es un cuaderno sobre gustos, filias o fobias cinéfilas, ni tampoco ofrece la opinión personal de su autor. Se hace una valoración objetiva atendiendo a la calidad artística y a los valores intelectuales de la película comentada en base a razones formuladas desde distintas mentes y ámbitos. Se aceptan sugerencias; si quieres que publiquemos la crítica de alguna película en concreto, házmelo saber escribiendo al correo: espiral48@msn.com

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Y UNA DECLARACIÓN DE INTENCIONES: LA CRÍTICA DE CINE ES UN ACTO DE COMPRENSIÓN Y DE IMAGINACIÓN COMPARTIDO CON EL LECTOR. NO TIENE SENTIDO, POR TANTO, LEER LA CRÍTICA SIN HABER VISTO LA PELÍCULA.
Nombre: J.A.P
Lugar: En todas partes, Spain

martes, octubre 31, 2006

Rocco y sus hermanos (panfletos y épica urbana)

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SPOILERS



En este espléndido filme de Luchino Visconti predomina el contundente tono épico que emana del drama colectivo sobre la no tan lograda verosimilitud del transcurso de los hechos y la caracterización de su personaje central, un Alain Delon con careto de santo- mártir que, al menos para un servidor, resulta bastante intragable, estereotipado y plano. De hecho, Rocco ni siquiera debería estar dentro de la categoría “personaje”, es mas bien una personificación alegórica (bastante tosca y cursi, no es lícito meter a Jesucristo en la variopinta atmósfera callejera, la cual siempre obliga a mostrar ciertos rasgos de malignidad, aunque sea en un rol de “chico bueno“, la misma riqueza contextual y emocional necesita de una bondad más ambigua, y eso se consigue con algo más que mostrar uno o más combates de boxeo) de la inocencia y el idealismo, utilizada con descaro por Visconti para contraponerlo a otros personajes que apuestan por inmiscuirse en el devenir de una realidad social dura y cambiante, cada vez más ajena al idílico marco rural originario que a lo largo del siglo XX será engullido por la gran urbe y su poder corruptor.

Desde luego, la factura visual, la mirada dinámica y el manejo de ése conjunto humano que se debate en dilemas materiales y morales en una atmósfera cargada de ternura y humor, al tiempo que construye un memorable tono melodramático de “épica callejera“, son notables y la convierten en una cinta de visión obligada para los cinéfilos, a pesar de que termine por dejar un poso bastante panfletario en torno a las dualidades entre generaciones, utopía-realismo, mundo rural-mundo urbano, arraigo a la tierra de origen o apuesta por el progreso hacia nuevos estilos de vida...inquietudes abordadas de tal forma que, en el marco intelectual y social de los sesenta podían resultar relevantes, pero desde el prisma actual quedan un tanto desfasadas y el discurso tiene el trato superfluo típico de los panfletos.


El plano final, con el benjamín de la familia caminando hacia un desolado mundo urbano, refleja la inquietud por el cambio, a la vez que vuelve a poner énfasis en la inocencia como una fuerza que abre caminos hacia una cierta esperanza...


A menudo sobrevalorada (no es una película perfecta), pero vaya por delante de todo que “Rocco y sus hermanos” es un intenso, dinámico y, por momentos, soberbio ejercicio de realismo italiano, una lección de gran cine y un clásico indiscutible.

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sábado, octubre 28, 2006

Infiltrados (Todos son ratas)

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Ojito, que contiene SPOILERS




Martin Scorsese siempre ha sido un gran cineasta técnico y sus aportaciones al cine contemporáneo no suelen dejar indiferente a nadie, aun habiendo realizado obras tan plúmbeas y fallidas como “Malas calles” y “El aviador”. En lo particular, reconozco que no suelen interesarme demasiado sus historias sobre mafias y mafiosos, pero no se puede negar su contundencia narrativa.

Para empezar, “Infiltrados”, a nivel técnico, posee uno de los acabados más impecables que se puedan ver en el cine de hoy, maravilla de montaje, de ritmo, un sobrio sentido estético en el encuadre y en lo fotográfico, en la forma de enfocar los rostros, las escenas de acción, los personajes que mueren y los que disparan, la alternancia entre los que estan en primer plano y los que estan en un segundo plano, la perfecta estructura coral que se va desarrollando a la perfección, precisamente gracias a ese montaje que conexiona los distintos hechos de un conjunto visual y argumental bastante arrollador.

Porque, así es, “Infiltrados” no solo triunfa en la forma, también en el fondo, y eso es lo que la diferencia de productos como “Hijos de los hombres”. Ya era hora.

Los personajes estan dotados de una punzante dimensión humana, superando el difícil reto de ir más allá de los clichés, a la vez que muestran ambigüedad moral o bien una absoluta falta de escrúpulos, casi una encerrona entre la voluntad de ser y lo que la realidad de la corrupción termina por revelar: un caos en el que a nadie se le garantiza la estabilidad en un mundo no regido por unas leyes y un sentido de la justicia, sino por intereses y anhelos de poder y dominancia puramente machista, en el que la mentira es una sutil arma mortífera. El impulso de dominancia masculino está presente a todos los niveles, tanto en el vocabulario de los personajes como en el significado inherente al relato, su desarrollo y su devastadora conclusión: el que da el último balazo es el que ya desde el inicio pretendía sentar cátedra a fuerza de prepotencia y lenguaje soez.

En principio, el tema central del argumento consiste en la lucha entre las mafias y las fuerzas policiales, pero la mirada de Scorsese sobre ese universo de lucha entre grupos es mucho más ambigua, dura y compleja, construyendo un universo con unas leyes propias, al margen de lo dictado por la ley y el sentido común: no existe una línea divisoria entre las mafias y las fuerzas que supuestamente defienden la ley: al final, los actos de unos y otros son los mismos, todo es una misma espiral de violencia e intereses, tal y como queda demostrado en el punto de encuentro final entre los dos topos, magníficamente interpretados por Leo Dicaprio (¿ todavía quedan dudas, dejando aparte su eterno rostro aniñado, en lo referente a sus notables recursos dramáticos?) y Matt Damon. La rata que se pasea por la barandilla del balcón, en el último plano, viene a confirmarnos el feroz mensaje que nos deja en el paladar, el regusto amargo de un mundo regido por “ratas“, independientemente de si el disfraz que llevan corresponde a uno u otro lado.

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martes, octubre 24, 2006

Los puentes de Madison (artesanía para una encrucijada del amor)

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Ésta podría ser el reverso de la anterior película comentada. Si aquella pretendía ser un complejo filme negro centrado en la impulsividad y lo irracional, aquí tenemos una historia de amor espiritual con pretensiones de crear actos humanos complejos que desembocan en un mensaje positivo sobre la felicidad y la vida.
Digamos que hay dos maneras de valorar esta película. Primero, y atendiendo a su inconfundible tono de romance sensiblero, sería un relato repletito de tópicos en torno a las relaciones amorosas, para que a uno le entre una embolia de la irritación a causa de ver tanta escenita romanticona, tantas lagrimitas y demás hostias en vinagre: la Meryl Streep y el Eastwood al compás lanzándose miraditas, con diálogos llenos de tópicos sobre la mujer insatisfecha y el solitario libre que no se atreve a amar lo que por nobleza de espíritu nunca podrá ser suyo. Y ahí se tiran la parejita toda la película tomando cervecitas, preparando la comida y la cena, paseando por el campo, cortando florecillas, rozándose las piernas y acariciándose los hombros. Te quiero, no te quiero, yo tampoco, yo también, pero no me atrevo porque tengo a la familia esperándome...bla bla bla bla. Y al final -tachaaaaaaan - el amor verdadero lo arregla todo, la familia es lo mejor del mundo y hay que reforzar los lazos de fraternidad cimentados en una honestidad pura que busca la felicidad de los seres amados. Resultado global: un telefilm sensiblero, conservador, manierista, falso, prescindible...puajj, puajjj, puajjj.


No, no, no, para el carro, que aquí se demuestra la diferencia entre el “cabezacuadrada” que va de listillo y la mirada objetiva de lo que se nos está representando. Como poco sería un brillante melodrama que vendría a demostrar los prejuicios ideológicos de un cuantioso sector de público y crítica: es decir, aquellos que ante cualquier película en la cual la familia o los nobles valores patrios aparecen con una cierta relevancia, reaccionan tachándola de inmadura, conservadora, panfletaria, manierista y demás estupideces. Hace poco lo hemos visto con World Trade Center; mamás, papás, hijos y hermanos...y crucecitas. En fin, no confundamos los panfletos intencionados, con las representaciones que nos muestran la realidad social y humana, por mucho que aparezcan cruces, militares con cruces, amantes que se regalan cruces para el recuerdo, familias que se reconcilian ante hechos arrebatadores. Porque en esos casos - y en el caso que nos ocupa - lo que tenemos es la realidad emocional, espiritual y simbólica de una sociedad. Punto y aparte.


Con “The bridges of madison county” uno puede llegar a sentir el infinito misterio de las distancias en una relación amorosa que, con humildad y desgarradora sinceridad, rompe (o renueva, renace, reconcilia) un esquema de rutinas y creencias: no mencionaré qué esquema se rompe (o se renueva) en el caso de Francesca, por ser demasiado obvio, pero sí detengo los ojos de mi espíritu en ese fotógrafo bohemio que recorre los caminos con pulso libre y desarraigado, pues la inmensidad de este personaje forja la mayor parte del misterio y él es la verdadera alma de la historia. Quién en un principio quiso - a media inconsciencia - presentarse a sí mismo como un solitario invulnerable que no necesita un hogar y una familia para huir del miedo, terminará por reconocer su propia trampa, su miedo, su inintencionada falsedad que reprime el deseo de poseer, de reconocer al amor verdadero que le es merecido. Ese amor con distanciamiento, esa confidencia desde la soledad y la bonhomía...lo que nace y muere donde terminan y empiezan los caminos de tierra que conducen al puente del encuentro eterno, del amor que siempre podrá tener una nueva oportunidad, aún en la distancia que separa a una soñadora encerrada en su rol de ama de casa y el eremita preso de su desarraigo. Es el palpitante infinito de posibilidades que otorga el amor lo que llena todo el espacio entre cada uno de los polos, otorga a la vida un sabor de trascendencia. Aquí sí hay humanidad y decisiones complejas, dinamismo y un relato sugerente en varias direcciones, siempre que lo circunscribamos en el ámbito del ser humano en su debate entre la vulnerabilidad y el valor de ser algo más que lo que la inercia de la sociedad nos marca y nos impone.


Sensible y honesta historia de amor en un filme impecable en su primera parte: el desarrollo del incipiente vínculo espiritual que brotará entre los dos protagonistas es de antología. Luego transcurren pasajes más tópicos, aunque comprensibles, y la narración pierde algo de fuelle, pero las consecuencias últimas de todo lo narrado tienen una apoteósica resolución en el último tramo, derroche de humanidad y sentimientos y la imagen que mejor expresa el núcleo del conflicto y del amor: ése Clint Eastwood bajo la lluvia, desgarbado, vulnerable y firme, el cual ofrece su última mirada y su última sonrisa de comprensión y esperanza, y la cruz colgando del retrovisor que señala la última oportunidad de Francesca, cuyas lágrimas parecen querer competir con la lluvia. Eso es sensibilidad y lirismo sin vanas pretensiones que ahoguen el transcurso honesto de la historia.

Aquí también hay papás, mamás, hijos, hermanos y valores patrios. Al final, la familia se ve reforzada y cohesionada , pero bajo un baño de espiritualidad, de dura encrucijada entre alternativas, de goce por la vida, por los seres cercanos y por los que en la lejanía nos dan la verdadera vida. Eso -en éste caso - no es conservador ni panfletario ni simplista, es de una humanidad real y de una bellísima artesanía cinematográfica.

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El cartero siempre llama dos veces (la fatalidad a caballo de la incertidumbre y la testosterona)

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Bob Rafelson dirigió y David Mamet escribió esta moderna adaptación del libro de James M. Cain, una historia que se enmarca en un estilo muy concreto de cine negro combinado con llamativas dosis de erotismo. La correcta textura de la narración y la eficaz caracterización de los dos personajes principales confieren un tono de modesta verosimilitud a un relato centrado en un árido y áspero viaje hacia la pasión irracional, y la pérdida de escrúpulos potenciada por aquella, en un desarrollo fluido, aunque también carente de ningún dinamismo y complejidad.

La gran virtud de esta cinta radica en la coherencia entre la ruda y cruda tonalidad del relato y la directa austeridad con que está filmada bajo la contundente mirada de Rafelson, más la loable construcción de un paraje de sentimientos y corrupciones a distintos niveles: degeneración espiritual y corrupción judicial y económica. La conclusión, con esa muerte accidental al borde de una carretera, encierra una moraleja sobre la fatalidad del destino generada por los propios actos inconscientes de sus protagonistas, cerrando el círculo con bastante solvencia.

Ahora bien, si miramos a un nivel más profundo, descubrimos el poco fuelle que alienta en el fondo, más allá de la más evidente tonalidad en sus elementos exteriores. La humanidad de los personajes interpretados por Jack Nicholson y Jessica Lange se arruga y se reduce a un cúmulo de actos toscos, y esa misma tosquedad de actos y decisiones termina por simplificar demasiado su humanidad y el desarrollo de la relación pasional, la cual queda reducida a un puñado de momentos efectistas, unos de un erotismo salvaje muy morboso de cara a la galería, otros más centrados en la agresividad verbal, y en los mejores casos tenemos situaciones cargadas de un estimable sentido del suspense y la incertidumbre dramática inherente a los hechos narrados, pero sin aportar dinamismo y complejidad ni al desarrollo ni a la humanidad de los personajes, contradictoria sobre el papel, pero en la representación última que vemos en la pantalla todo se reduce a una historia de mucha testosterona, malos modos y caprichos sentimentaloides.

Sin duda, la adaptación del mismo libro que se hizo en los años cuarenta era infinitamente superior a ésta.

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viernes, octubre 20, 2006

Hijos de los hombres ( apabullante recreación apocalíptica, pero...)

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SPOILERS



Cuando aparecen las letras de la conclusión y te dispones a digerir tantas imágenes sobre personajes en circunstancias caóticas creadas por la violencia humana en un futuro cercano - e inquietantemente similar al presente inmediato - pudiera no caber otro camino que el instinto de elogio dirigido a ése cineasta llamado Alfonso Cuarón, quién ya demostró un llamativo estilo visual en su estupenda aportación a la saga de Harry Potter.

Si empezamos por ahí, todo va bien. Estamos ante una apabullante recreación visual de un mundo apocalíptico que se justifica a sí mismo y se hace creíble prácticamente desde los primeros minutos de la narración sin necesidad de ofrecer un prólogo explicativo, partiendo de un cuadro en el que el protagonista se sitúa en el centro de un grupo de gente que contempla en la televisión la noticia referente a la muerte del más joven de los humanos, cerrando un ciclo y agravando la depresión colectiva de un mundo atrapado en su ausencia de expectativas para la posteridad.
Ése mismo personaje morirá ante la nueva semilla, abriendo camino a la esperanza, y viene a ser el hilo argumental que nos conduce a lo largo de todo el periplo, usado con efectividad, y denota el buen hacer en la estructura por parte del director y sus guionistas. Sin duda, la plasmación estética, la creación de una atmósfera apocalíptica, y el variado surtido de perfiles humanos que garantizan un mínimo aliento poético a un producto técnicamente impecable, pero que demasiado a menudo da la impresión de no ir más allá de un espectáculo visual, el cual viene a ser -en muchas secuencias - un plagio del estilo llamado “hiper-realista” ejecutado por Spielberg con todo lujo de medios y trucos de artillería en “Salvar al soldado Ryan”.

La contundencia en el plano visual y la honestidad en el desarrollo de la idea son notables, sin duda, pero al final queda un regusto a vacuidad, a causa de lo indicado anteriormente: ¿hay algo más en esta película aparte de una apabullante puesta en escena?. En el estrato de los personajes y las relaciones entre los mismos, como ya se ha apuntado antes, hay variedad en la tipología de personajes pero el caso es que el relato no profundiza en ninguno de ellos ni termina de cuajar el adecuado tono épico y dramático en ninguna de las situaciones desarrolladas (peca de omitir la explicación de algunos hechos y motivaciones, por ejemplo, el espectador nunca llega a conocer el significado del "proyecto humano", objetivo último de la aventura). Diríase que la representación de los distintos perfiles resulta creíble y funciona como idea de enganche para una narración coral sobre el caos vivido en una colectividad que lucha por la supervivencia de la civilización o de los ideales particulares, pero la mirada de Cuarón sobre ese conjunto es demasiado tibia, no subraya suficientemente el latido dramático de ese conjunto humano en una historia sobre grupos humanos que se debaten entre la lucha, la derrota inevitable en apariencia, y la esperanza representada en el llanto del bebé que, por unos instantes, logra acallar gritos y bombas en la que posiblemente sea la escena más sustanciosa, por su tono elegíaco y su carga simbólica.

Concluyendo, si “Hijos de los hombres” no ha conseguido ser una gran película es por la frialdad y la tibieza con las que aborda el drama humano de fondo, a pesar de sus excelentes virtudes en la realización técnica.

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domingo, octubre 15, 2006

El laberinto del Fauno ( siniestro, fantástico, real, pálido)

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En el ejercicio de la crítica cinematográfica hay una dificultad de base: lo referente al valor artístico de una determinada plasmación estética, o de una idea del relato, la historia o el concepto a desarrollar. Ése valor depende por un lado de la sensibilidad y los baremos subjetivos de cada individuo y, por otro, de la consideración que se tenga de las distintas corrientes teóricas concernientes a la filosofía de la estética y la estructura narrativa.


Si por algo debía destacar el filme de Guillermo del Toro, según las críticas -bastante favorables -que se han ido publicando en los últimos días, era por su imaginería visual y un sentido lírico de lo encantador con tintes siniestros. Sin embargo, para un servidor, la única escena de la película con entidad propia es la que viene representada en el fotograma que abre el comentario de hoy, espeluznante páramo onírico protagonizado por una criatura que ni en mis peores pesadillas he podido siquiera intuir, ojos en las manos que hacen presa a unas hadas de metal que son devoradas por dicha criatura con una notable carga de mala leche y sentido de lo grotesco. Aparte de éste pasaje, que me expliquen -en función de las distintas formas de valorar un producto estético - qué tipo de imaginería visual se manifiesta en el fauno, el laberinto, la estética lúgubre de un bosque encantado o la amantis de metal. Particularmente, en ese estrato del filme, la creatividad es nula. Que me lo expliquen...

En la globalidad, del Toro quiere ofrecernos un relato -bastante trillado - sobre la violencia y las tribulaciones de la posguerra española, respaldado en un marco de fantasía infantil, encarnada en la niña protagonista, la cual pretende combatir los infortunios recurriendo a la magia de su fantasía. Por tanto, estamos ante un relato que combina realidad y fantasía. La conclusión es bastante ilustrativa de la intención de su autor; en el trágico desenlace, los últimos instantes de la agonía originan la última fantasía que convertirá en heroína a su protagonista. Pero eso sólo antes del último suspiro... Al final sólo queda la muerte en la cruda realidad.

Es decir, del Toro se lo monta muy bien para que una legión de incautos valoren positivamente su película con formulas del tipo de “ es un maravilloso cuento de hadas siniestro que late desde el submundo de una realidad siniestra” y cosas por el estilo que se pueden leer estos días. Efectivamente, lo que nos muestra es un submundo habitado por criaturas fantásticas que solo existen en la imaginación, pero el problema es la ausencia de una conexión entre los hechos fantásticos y los hechos reales, y el resultado es una película inconexa en esa mixtura evidente hasta para el más profano. Por una parte nos cuenta una historia sobre las fantasías de una niña y por otra una historia violenta en la realidad social y política de aquél momento histórico. Le falta una estructura que articule todo ese conjunto. Era la única forma de lograr un producto estética y narrativamente elogiable (singular, meritorio, como ustedes lo prefieran), ya que cada una de las dos historias, por separado, aportan poco o nada. Solo al final, cuando la niña muere en la realidad y es proclamada heroína en la fantasía, se ve algo de luz en ese sentido, a pesar de la palidez del conjunto...

Lo peor de todo es el abuso de clichés y lugares comunes: el militar facha (qué esperpento de personaje, dios mío), la mujer encinta y víctima, los revolucionarios escondidos en el bosque , la traidora. La realización de ese drama rural en la posguerra, tanto a nivel de guión como de representación visual juega con unas bases y elementos demasiado trillados; seamos sinceros, no hay diferencia entre la ejecución de del Toro y lo que daría cualquier telefilme o serie española que abordara la misma temática: no existe un solo encuadre o secuencia del montaje que haga emerger ningún significado genuino que demuestre que hay un autor tras la cámara. Y eso es lo que me parece imperdonable: que “El laberinto del fauno” pretende ser un filme original, lírico y no sé qué más, y lo único que hay es convencionalismo y clichés insustanciales.

La guinda la pone el uso gratuito de la violencia y el sadismo: ¿qué función ejerce la sangre y la detallada (exagerada) descripción de actos violentos en la tonalidad global de la historia? Aparte de ser de un dudoso gusto, es innecesario: una cosa es mostrar la violencia en una historia triste, cruda y violenta y otra el exhibicionismo morboso y barato. ¿Qué dónde está la diferencia?. Comparémoslo con Sam Peckinpah y el asunto quedará bastante claro.


En fin, me habían dicho que esta película era una obra de arte, pero no es más que un telefilme que sueña con ser una obra de arte.

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miércoles, octubre 11, 2006

Freaks ( despliegue de fenómenos y criaturas)

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Tod Browning dirigió en el año 1932 esta inquietante y entrañable inmersión en el mundo de los Freaks, criaturas estigmatizadas por haber nacido diferentes al común de los humanos, lo cual da pie a todo tipo de metáforas y reflexiones sobre la ignorancia, la marginación y las actitudes intolerantes que engendran un mundo sórdido y tristemente aislado, el cual sobrevive en un sistema de códigos para la defensa y supervivencia de sus miembros, víctimas de todo tipo de burlas y abusos.

La mayor peculiaridad de este filme es su mixtura entre lo realista y lo lírico, la cruda representación de un mundo cruel y, a la vez, la mirada tierna y lírica bajo la cual se nos muestran las relaciones entre los “normales” y los “monstruos”, con un variado surtido de emociones y actitudes: la empatía, la burla, el desprecio, el egoísmo, la crueldad, el odio, la venganza... elementos que se desarrollan en un minúsculo y destartalado universo circense.

Contraponiéndolo al gran defecto de la anterior película comentada, El cielo sobre Berlín (la cual pecaba de un desarrollo casi inexistente, con una estructura y unos hechos demasiado repetitivos, que empieza bajo una visión humana y termina bajo la misma visión humana, por mucho que a Bruno Ganz le sangre la cabeza y le guste probar el café) este filme de Tod Browning supone un perfecto ejemplo de desarrollo y despliegue de tonos y temas que van teniendo lugar desde la situación inicial hasta su impactante culminación.
Los Freaks, verdaderos protagonistas de la película, se nos presentan al inicio bajo una mirada tierna y entrañable, pero su presencia y papel en la historia irá derivando hacia el terror, convirtiéndose en personajes inquietantes y perturbadores, los cuales darán origen a la espeluznante escena de la tormenta y la posterior imagen de la bella mujer que termina convertida en el más grotesco de los monstruos. Así se construye una historia, con hechos desarrollados, no con pretensiones y falsos intelectualismos. Por ello, al final descubrimos, gracias a la excelente pirueta argumental, que “Freaks” es, por encima de todo, un cuento de terror que se disfraza de ternura.

Definitivamente, una extraordinaria obra de culto que ningún cinéfilo debe perderse, tan sencilla y tierna como aterradora y compleja.

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viernes, octubre 06, 2006

El cielo sobre Berlín ( poema filantrópico)

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Imágenes y poesía, y también algo de psicología y filosofía. Así puede definirse esta interesante apuesta de Wim Wenders, interesante y arriesgada, audaz, víctima fácil de todo tipo de críticas, ya sean destructivas o laudatorias. Es por eso por lo que considero una ardua tarea la de calificarla con justicia, pues dependiendo de donde pongas el ojo, puede resultar facilona y pretenciosa, o inmensamente honesta en su belleza.

Un servidor gusta de ser creativo y empático con las obras de los cineastas, y siempre prefiero quedarme con lo positivo. Sobre esa base, lo más honesto es decir que, más que nada, la belleza está por encima de todos sus defectos. Y si hablo de belleza no me refiero a la plasmación estética y al desarrollo de la historia, sino a la idea, el concepto; la humanidad vista desde la altura espiritual. Los ángeles ven el mundo en blanco y negro, los colores de la pura realidad, los sentimientos, el ser y el estar. El mundo en color es para los mortales, presos de la ilusión sensorial, tan atractiva y tentadora como el amor. Es una triste y sensible elegía a la vida, la historia y los habitantes de Berlín, y por ende, de nuestra condición humana: lo que somos, lo que pensamos, nuestra vulnerabilidad, nuestro poder, nuestra soledad...

No sé si Wenders pretendía ofrecernos el mundo bajo la mirada de Dios, pero desde luego logra con bastante eficacia aglutinar distintos aspectos de la condición humana en los ojos de dos ángeles vestidos de negro: inocencia, sensualidad, tristeza, humor, esperanza, lirismo, apatía. Son los ingredientes de los que está hecha la condición humana, es lo que ven y sienten los dos entes espirituales, y lo que verían dos seres humanos con capacidades sobrenaturales: imagínate que disfrutas del don de la invisibilidad, y que puedes leer los pensamientos y sentir los sentimientos de tus conciudadanos. Tendrías a tu alcance toda la gama de fenómenos humanos íntimos y secretos que estallan y discurren a lo largo y ancho de tu ciudad . Por tanto, lo que ofrece Wenders no es la mirada de un dios, sino la de un humano que ama a la humanidad, y quiere trasmitirlo con bellas imágenes, en algunos casos, perfectamente acompañadas de poemas puestos en boca de los distintos personajes, con un discurso a veces agrio y crepuscular, otras alegre y optimista.

El mensaje es, por tanto, filantrópico: la humanidad tiene miserias, pero aún así, por su riqueza y sus contrariedades, merece ser amada y disfrutada. Hay una frase clave, en un momento dado, el ángel interpretado por Bruno Ganz nos dice que “el mundo no hay que verlo desde las alturas, sino a la altura de los ojos de los humanos”. Probablemente esto encierra una metáfora sobre el místico o el intelectual elitista que mira a la sociedad desde lo alto y descubre que la mejor forma de entenderla es integrándose en ella, disfrutar con la humanidad cara a cara, con sus mismas ventajas e inconvenientes. En todo caso, aquí entramos en el terreno de las interpretaciones, y cada cual puede llegar a conclusiones distintas.

Sin embargo, esa tonalidad espiritual y contemplativa tan lograda, acaba por desinflarse conforme van pasando los escenarios, las palabras, las miradas y los minutos. Si la idea es de una gran belleza lírica, el transcurso de la misma se pierde en clichés y caminos demasiado trillados, fáciles, o partes que no estan articuladas en la globalidad, como por ejemplo la filmación de una película sobre la segunda guerra mundial, el ángel que grita cuando contempla un suicidio, el personaje de Colombo, al que se le dedican demasiados minutos en los que no aporta prácticamente nada.

Si nos cuentan una historia de amor entre un ángel y una trapecista que se disfraza de ángel, ésta carece por completo de lógica y solo tiene una función metafórica bastante discutible. Son esas escenas finales entre el ángel y la trapecista las que delatan al filme porque nos muestra la vacuidad de un desarrollo casi inexistente, contemplativo y metafórico en exceso, con demasiada palabrería, demasiados planos reiterativos, demasiada pretenciosidad. ¿Para qué sirve contar la historia de un ángel que decide abandonar su altura espiritual con el objeto de ser humano, amar como lo hace un humano, si esto ya viene dado desde el principio?. Sirve para desplegar un bello poema de imágenes sobre la condición humana, pero carece de profundidad alguna, y ante todo, carece de empaque, pues al final lo que tienes es un montón de personajes y poemas recitados en un desarrollo demasiado estático, sin la debida estructura que lo integre todo. Y ese “to be continued” del final, a un servidor le molesta muchísimo, porque obliga al espectador a ver la segunda parte para entender a dónde quería llegar Wenders con todo esto....


Lo mejor: su hermosa tonalidad poética y contemplativa.


Lo peor: que, aparte de esa hermosa tonalidad, no hay nada más.

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lunes, octubre 02, 2006

El capitán Blood ( la aventura ideal)

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Suele decirse que el cine de piratas tiene en ésta película su mejor exponente, el modelo ideal que ha inspirado y podrá inspirar para siempre cuando de perfilar y construir un héroe-antihéroe se trata. Ese es el punto que más me llama la atención de “El capitán Blood”, una deliciosa narración en torno a la aventura entendida como una evolución dentro de un proceso vital.

Las grandes cualidades de esta película son todas aquellas que tendrá una buena película de aventuras: diálogos punzantes e ingeniosos, personajes antagónicos y construidos con la eficacia y la complejidad justas, ritmo fluido, rápido y al servicio de la intensidad propia de las distintas fases. Con un buen guión, alcanzar el resultado óptimo es la mar de fácil; héroe, heroína, el malo, los amigos del héroe, los enemigos, el poderoso bonachón, etc. Una gran cantidad de personajes, construidos con sencillez y sin pretensiones vanas que terminen por estropear el conjunto, algo muy típico de producciones más modernas, que intentan fabricar personajes complejos y lo que sale es un churro pálido, insustancial e inexpresivo, como en el caso de “Alatriste“.

Aquí no, aquí aparecen muchos personajes y muchas piezas (elementos patrióticos y políticos, inclusive) que cumplen un papel en la historia, estructurados de tal manera que el espectador reconoce a cada cual en su función, formando un todo muy bien desarrollado. Para hacer una gran película necesitas que los elementos que vayan a formar parte de la misma sean los justos y necesarios, que no sobre ni falte nada: todos, en el transcurso y al final de la historia, han ido configurando el destino y suerte del personaje central alrededor del cual se organiza la narración.

Por encima de todo, más que “cine de piratas”, “aventura” , “acción”, etc, la película de Michael Curtiz es la historia de un hombre, una historia no carente de intimidades, contradicciones y secretos. El rebelde personificado por Errol Flyn - arquetipo de ideales románticos como la libertad, el sentimiento apátrida, el servicio a los que han sido excluidos por un determinado orden político -, que vivió un pasado de aventuras militares, del cual reniega, se ve involucrado en una odisea para salvar a los oprimidos que desembocará en la creación del modo de vida pirata, que busca la libertad y convivencia comunitaria, pero que al final se descubre como un acto de rencor y venganza contra el sufrimiento y la injusticia generados por el orden establecido. Pero el héroe tiene conciencia y sabe de las vidas humanas que ha costado su empresa, conciencia avivada por el personaje femenino, que aquí es algo más que un cliché y cumple con la significación oportuna: el reproche ante la vida inmoral y desarraigada del héroe, contribuyendo a la redención del mismo.

Toda película de aventuras debe tener un núcleo de humanidad, un proceso en el que el héroe triunfa y se equivoca, y vuelve al origen. Y en esa historia todos los personajes que rodean al protagonista deben cumplir una función, para obtener ese todo significativo, lúdico, pero también metafórico, para que el héroe-antihéroe sea un reflejo de nuestras vidas, de lo que nuestras vidas son o dejan de ser. Y así, “El capitán Blood” es una notable película de aventuras y un modelo a imitar.

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