Cuando un artista crea una imagen, siempre está también superando su pensamiento, que es una nada en comparación con la imagen del mundo captada emocionalmente, imagen que para él es una revelación. Pues el pensamiento es efímero; la imagen, absoluta. Lo bello queda oculto a los ojos de aquellos que no buscan la verdad. Precisamente el vacío interior de quien percibe el arte y lo juzga sin estar dispuesto a reflexionar sobre el sentido y la finalidad de la existencia de éste, ese vacío seduce más de la cuenta y lleva a una fórmula vulgar y simplista, al "¡No gusta!" o "!No interesa¡", el argumento de quien ha nacido ciego y pretende describir el arcoiris. -Andrei Tarkovski-

Imágenes y Palabras ( Crítica y debates sobre cine)

Declaración de principios: éste NO es un cuaderno sobre gustos, filias o fobias cinéfilas, ni tampoco ofrece la opinión personal de su autor. Se hace una valoración objetiva atendiendo a la calidad artística y a los valores intelectuales de la película comentada en base a razones formuladas desde distintas mentes y ámbitos. Se aceptan sugerencias; si quieres que publiquemos la crítica de alguna película en concreto, házmelo saber escribiendo al correo: espiral48@msn.com

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Y UNA DECLARACIÓN DE INTENCIONES: LA CRÍTICA DE CINE ES UN ACTO DE COMPRENSIÓN Y DE IMAGINACIÓN COMPARTIDO CON EL LECTOR. NO TIENE SENTIDO, POR TANTO, LEER LA CRÍTICA SIN HABER VISTO LA PELÍCULA.
Nombre: J.A.P
Lugar: En todas partes, Spain

miércoles, noviembre 28, 2007

REC ( registro del horror)

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Jaume Balagueró y Paco Plaza nos presentan este nueva inmersión en el mito de la “pérdida del alma”, que tantos miedos inconscientes remueve en el ser humano, temeroso de degenerar hasta perder la humanidad, y que en la cultura cinéfaga ha tomado la forma del zombi, mayoritariamente (desde Romero a Argento, Lamberto Bava y Stuart Gordon), o el otro gran clásico y del que recientemente hemos hablado en estas páginas, los invasores de cuerpos.

El fondo es siempre el mismo, aunque la excusa argumental varíe y pueda recorrer temáticas que van desde la ciencia ficción a la religión o la ínfula sociológica. La propuesta de Balagueró y Plaza alude a más de un motivo, pero, no obstante, la intención de los autores no es construir una parábola sobre la psicosis colectiva post-11s, sino un reality show del horror que induzca un registro de sensaciones permanente y unidimensional .

La película opta por un desmesurado tono estridente, pone tanto énfasis en ser “realista” que, al final, el espectador crítico descubre fácilmente la vacuidad que hay tras la sensación. Cine de sensaciones, sensación de miedo, con pasajes cargados de un horror turbio e insano. Si alguna cualidad podía tener esta película es su apreciable capacidad para crear la atmósfera. Pero tras las primeras secuencias de horror, se estanca en unos trucos efectistas repetitivos, con lo cual la narración se torna reiterativa, mecánica, y bajo un tratamiento visual y unas intenciones carentes de singularidad (Blair Witch Project, entre otras). Otra regla de oro para cineastas inteligentes pero tramposos: si no tienes imaginación para desarrollar la historia sin caer en los esquematismos, puedes aumentar la intensidad de las sensaciones inducidas. Así, al menos, nadie podrá decir que sea una película aburrida. No lo es. Pero, aunque la sensación es el fundamento del cine de terror, la historia de este género cinematográfico ha demostrado que es más que eso...

El conjunto humano ofrece algunos matices sobre las reacciones en situaciones extremas, abordando actitudes como el egoísmo, la empatía o la xenofobia con un tratamiento banal, casi una rutina para intentar salvar - sin éxito - la evidente planicie de esta expresión manierista y plagiadora.



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domingo, noviembre 25, 2007

Beowulf (tecnología al capricho y maldiciones)

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En una traslación desde el lenguaje literario hasta el del cine, y más concretamente en un género motivado por leyes del entretenimiento que en nuestros días derivan de un modelo que pretende recuperar el sentido épico de la aventura legendaria, de la espada y brujería, el aspecto de mayor relevancia es el estilo creado- o por crear - con el que la leyenda escrita puede tener una expresión fílmica significativa.

Sea porque el texto original no posee los suficientes atributos, sea porque la adaptación carece de soltura e ímpetu imaginativo, lo cierto es que el Beowulf de Robert Zemeckis muestra una textura tibia e impersonal, un puro aparato tecnológico de dudosa utilidad. ¿Para qué queremos digitalizar a los personajes humanos si dicha técnica no supera - ni tampoco iguala - la expresividad del actor real?. Si los personajes - ya desde la misma base conceptual - están condenados a ser clichés predeterminados en todos sus actos y palabras, utilizarlos como excusa tecnológica es banalizar el producto desde la superficie hasta la potencial profundidad.

A efectos dramáticos, los primeros cincuenta minutos contienen los elementos de interés y el grueso de la intensidad épica, mientras que el tramo final se reduce a un circo digital protagonizado por el dragón y el Rey crepuscular, hacia una conclusión lógica y sutilmente plasmada en el último juego de plano-contraplano. Esto demuestra que estamos ante una correcta película de entretenimiento , pero que no aprovecha su propio marco para elevar la intensidad dramática imprescindible en este tipo de cine, el final como apoteosis de caracteres míticos.

Gran trabajo, eso sí, en fotografía y diseño artístico, fabricando un entorno de leyenda en el que podemos vislumbrar una superflua pincelada (a menudo con detalles mal explicados) sobre el error, la mentira, y la maldición que persigue al linaje real, con la promiscuidad sexual como tema de fondo, y la lucha contra el mito que aprisiona la mente de Beowulf . Lástima que la visualización de Zemeckis se reduzca a una producción de pura industria, con paisajes, planos, picados y progresiones aéreas sacadas de la trilogía anillar de Peter Jackson, 300, o la hexalogía galáctica de George Lucas. Es decir, reducir el alma de Beowulf a un popurrí de plagios visuales en el que no existe el cineasta, sino la producción y la idea prefabricada.



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martes, noviembre 20, 2007

Leones por corderos (discurso de buenos sentimientos)

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Al tratarse de una película ideológica que aborda la actual convulsión bélica, la valoración que se haga (siempre a la ligera) estará subordinada a corrientes de opinión fácilmente identificables a golpe de tópicos politiqueros que aburren a la vez que asquean al cinéfilo preocupado por la honestidad artesana e intelectual del cineasta. Los del no a la guerra hablarán de ella con disimulada simpatía (en los casos menos hipócritas o en los de una pretendida sapiencia en torno a las verdades del conflicto entre civilizaciones-intereses macro estratégicos, bla bla bla...), los del otro lado podrán afilar el cuchillo y limpiar el campo de ingenuidades pseudoprogres hasta ver la luz al final del largo camino, que nos exige un precio a pagar (como si no lo supiéramos...). Así que, no nos empantanemos con diarrea mental y vayamos a lo nuestro.

Robert Redford, que es una persona y no un dios que conoce la solución a todo los conflictos del mundo mundial, dirige una película motivada por las buenas intenciones. Si bien es cierto que en el plano ideológico no aporta mucho más que la mera exposición de unos lugares comunes, al menos logra que su discurso (perfectamente estructurado y desarrollado, por otra parte) sea tan sobrio como cargado de sinceridad. Una sinceridad, digamos, que se manifiesta - y se hace palpable - en sus “buenos sentimientos” al introducir un elemento sensible a la contradicción; el joven universitario (Andrew Garfield), con cuyo rostro en primer plano y mirada pensativa frente al televisor inicia y concluye la narración fílmica. Este personaje, además, significará la misma conciencia del personaje interpretado por el mismo Robert Redford, enfrentado al difícil papel desempeñado por las nuevas generaciones.

Tenemos un discurso escueto y simple, pero que logra recoger inquietudes de distintos signos con bastante coherencia y soltura, permitiendo que el cineasta diga su “verdad” sin excesivo menosprecio a tendencias contrarias. Dibuja la inquietud del ciudadano consciente de la hipocresía de la clase dirigente norteamericana sin que ello suponga cerrar los ojos a los problemas visibles de la sociedad. Es mejor intentar mover el mundo con iniciativas individuales que hundirse en la apatía. Pero, claro, más allá de la contundente formulación (y de lo bien construida que está la relación entre el profesor y el alumno), Redford se deja llevar por los manierismos hasta desembocar en una nada inquietante...

La sonrisa profiden de Tom Cruise nunca ha sido tan adecuada para encarnar la falsedad, puesto que ni él ni el mismo espectador puede creerse su papel. Lo que es un defecto se convierte en un eficiente atributo interpretativo, sin dejar de ser tosco. Quizá porque Cruise es un pésimo actor, o por el motivo que lo inspira, lo cierto es que parece un perfil diseñado para que el espectador diga que este tío no se cree las chorradas que dice...

Meryl Streep contrapone un periodismo sensato que lucha por vislumbrar su verdad, descubriendo cómo la prensa ha cedido y se ha convertido en un instrumento mediático del poder.

Y finalmente, el plano que cierra el discurso deja las puertas abiertas. Aparece en el televisor la noticia del cambio estratégico y en paralelo una idea que permanece flotando en la imagen, enfatizando la indefinición y el tono ambiguo. ¿Qué nota te va a poner?. La nota es la valoración humana que un profesor puede hacer de su alumno, cuya dignidad intelectual se medirá en virtud de superar la sensación de impotencia ante un mundo gobernado por políticos de dudosas intenciones. El potencial humano está ahí y puede elevarnos por encima del caos.

Superflua e inofensiva, pero es una perfecta síntesis narrativa sobre las inquietudes políticas y sociales que agitan nuestro presente, y un perfecto uso del montaje que consigue correlacionar pensamientos y situaciones en distintas esferas sociales.


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jueves, noviembre 15, 2007

El graduado (huir de las normas y juventud indeterminada)

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Quiero ser diferente. El silencio como única respuesta mientras Simon y Garfunkel armonizan su música con el estado emocional del protagonista, un joven de 20 años con toda la vida por descubrir y sin un rumbo definido. Su rostro ocupa todo un primer plano largo hasta que se convierte en general para definir al hombre en sociedad. Llega a la casa de sus padres, felicitaciones, la cámara no pierde ni un detalle de su expresión apática ante la reiteración de los formulismos sociales que le agobian, casi la imagen de una sociedad reducida al gesto convencional, sin capacidad de comprender lo que en verdad preocupa a un joven que todavía no está preso de esa hipocresía y ese pensamiento acomodaticio. Cuando parece que no hay salida y que el rito va a seguir la lógica de la corrección social, una atractiva mujer (Anne Bancroft), amiga de su familia, será el elemento que dinamite la situación para incitar a la violación de los esquemas establecidos. Quería ser diferente, y el reto se presenta bajo la figura de mujer desnuda e irracional, punto a partir del cual comienza la aventura de ser joven: carecer de planes preestablecidos y fluir con las tentaciones.

Parece que a Mike Nichols (1967) no le interesa tanto construir un personaje contundente y ejemplar de una generación como una caricatura del niño rico enfrentado a las brechas del sistema familiar y las relaciones entre las personas adineradas en su conjunto. Predominan los planos largos con la finalidad de enfatizar la pulsión introspectiva hacia el personaje central, pero la interpretación de Dustin Hoffman, tan encorsetada en el registro monocorde, más la reiteración en un misma serie de planos que fijan en exceso la narración, hacen que el mismo núcleo emocional que sostiene el filme se reduzca a un estereotipo, muy adecuado para la sensibilidad contracultural de finales de los sesenta, pero que ya poco puede aportar desde una perspectiva actual.

La carrera final en busca de la novia prohibida y la violación del espacio y del rictus sagrado en una iglesia, con el grito que rompe la tranquilidad del curso normal de los acontecimientos, es la reafirmación conclusiva de ese joven que, queriendo ser diferente, termina por conseguir el amor mediante salvaje incorrección, inclusive la cruz arrancada de su aposento sagrado que le servirá como instrumento para sacudirse la presión de una mayoría social.




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martes, noviembre 13, 2007

Supersalidos (Risas amargas)

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No era fácil imaginar una revisión del alma beat a través de los nuevos iconos frikis, y mucho menos conjugar con acierto la tosquedad testosterónica de una comedia adolescente con un viaje iniciático que divierte a la vez que, en verdad, comunica la esencia de una tragedia underground. En las últimas semanas habíamos recibido “avisos” de que había llegado a las carteleras una obra de arte disfrazada -con mucha inteligencia - de comedia tontorrona para mentes planas, despertando mi -hasta ese momento - nulo interés por esta criatura. Tras el visionado y la puesta en común pensamos que no hay que darle excesiva trascendencia a un producto diseñado para la diversión de los púberes pero que, piano piano, termina clavando una hiriente estocada en el corazón de gran parte de los espectadores adultos.

Decir que la película constituye una profunda crítica a nuestra sociedad o que esconde la protesta contra (nuestra) cultura del botellón, o que tiene suficiente potencial como para renovar no solo un género cinematográfico, sino el mismo estilo de vida de nuestras jóvenes generaciones, ensombrecidas entre la pérdida de valores y la desesperada huida hacia delante a la que se ven obligados en un mundo que ha desvirtuado la jerarquía y el respeto a los mayores. La única alternativa - si ya no puedes crecer en compañía de padres y maestros - es buscar la identidad y el autodescubrimiento aprendiendo a sobrevivir en un mundo hostil, a la deriva junto con la confusión imperante (!Qué asco de mundo¡). Los guionistas usan el tono satírico para reflejar nuestra sociedad. Pero esa sociedad que vemos representada en la pantalla no es la sociedad real, sino la caricatura hiperbólica que aglutina algunos factores de gran relevancia en la vida del adolescente que vive en una sociedad (post)moderna y tecnificada.

Si bien es cierto que el trazo delirante con el que los guionistas construyen los perfiles de los personajes y las situaciones no permite elaborar una fiel reproducción de la sociedad, la enérgica construcción de los diálogos da pie a que el director Greg Mottola utilice las posibilidades expresivas de la sátira aplicada al universo afectivo y obseso-sexual del adolescente para hablar de la sociedad. Lo que la diferencia, por tanto, de las comedias adolescentes sin contenido ni mérito artístico alguno, es que aquí utiliza en el estrato principal la figuración - con la que el público puede pasar un rato desternillante - para desarrollar (en un texto implícito) un proceso de despertar; el despertar de la sexualidad, descubrir el valor de la amistad en toda su amplitud de afecciones, descubrir que en la vida no siempre serás apreciado por lo que eres, sino por lo que aparentas ser, o el “placer” de quebrantar la ley y el orden ( en una de las escenas más controvertidas, vemos la exaltación y el jolgorio ante la visión de un coche de policía ardiendo a base de litrona y balazos...luego volveremos sobre ello.)

El alma de los tres protagonistas es un alma beatnik , perdedores que se inmiscuyen en una loca carrera nocturna en busca del afecto (no sabemos si a Jack Kerouac le gustaría esta película, pero sin él no existiría). Concretamente, el personaje conocido como Seth (Jonah Hill), es el nerd púber equivalente a Dean Moriarty, bocazas pordiosero que esconde, en el fondo, la tristeza del desamparado. Fogell es el arquetipo freak que sostiene toda la tensión en el enfrentamiento con el mundo al que es extraño tanto como el mundo lo es para él. Evan, contrapunto del chico inteligente y normal. Tres muchachos sin amigos y sin ningún éxito social. Y no obstante, una de las cosas que aprenderán al final del camino es que no es lo mismo tener éxito social que ser amado y que, a veces, hay que elegir entre dos caminos. Que el alcohol facilita el encuentro sexual, pero desvirtúa la expresión sincera de sentimientos. O que nunca conociste a tu mejor amigo tanto como en los momentos cruciales.
Se diría que esta película no tiene guión. Las interpretaciones son de una transparencia inesperada porque los actores se interpretan a sí mismos, habiendo entendido a la perfección el rol desempeñado, cada uno de los tres contribuye a la excelente construcción de personajes, representando sentimientos y contrariedades que conciernen a la inmadurez por la que todos, en mayor o menor grado, hemos pasado.



Mención aparte para el par de policías que acompañan a Fogell en su travesía de descubrimientos, los cuales sostienen la mayor parte de la carga satírica y son el elemento que rompe las reglas. En la escena clave, Fogell, con la complicidad de los dos policías y tras una delirante escena que deviene en exaltación de la conducción temeraria, contempla el coche patrulla ardiendo. Y, acto seguido, sostiene en sus manos su primera pistola como si de un rito de paso se tratara. La conclusión de la escena, con Fogell emocionado ante la visión del fuego que consume al coche, es el momento que mejor ejemplifica la naturaleza heterodoxa del filme; sí, camaradas, una comedia tontorrona no resolvería la escena con esa crudeza, ese silencio final... (nos comentaban que el muchacho sentado en el sillón contiguo hizo la lógica predicción, pensando que estaba viendo una película al uso: ahora verás, dispara y se cae de culo).

Perdonen el “comodín”, no puedo evitarlo. Digamos que, tras esa sonrisa, hay una lágrima. ¿Exaltación de la violencia?. ¿Son Seth, Evan y Fogell un fiel retrato de lo que está sucediendo en la realidad?. ¿Nos preocupa la incipiente violencia juvenil?. Sabemos, al menos, que Fogell se va convirtiendo en "hombrecito" según aprende a pegarle caladas al cigarrillo, divertirse con la conducción temeraria, pegarle fuego a un coche y posteriormente acribillarlo sin que le tiemble el pulso... ¿Necesitan nuestros adolescentes hacer estas cosas para sentirse amados?. Sí, y mejor aún si te despides de tus compañeros de juerga con las manos en las esposas acompañado de dos polis que te llevan a la comisaría.


Para terminar, es la forma tan precisa y natural de visualizar las situaciones lo que hace que los personajes tengan ese impacto emocional desde la base de la sencillez, de las cosas que son reales como la vida misma; el plano final de la escalera mecánica que desciende mientras Seth va perdiendo de vista a su mejor amigo, como esperando a que suceda algo que interrumpa el adiós. Pura y simple amistad, sentimiento homosexual, o una constante en las vidas de todos los que saben que crecer es decir adiós a muchas cosas que amas.


En cualquier caso, una mirada triste y entrañable al mundo de la adolescencia y de los inadaptados y, quizá también, crítica a los dogmas que definen el éxito social en edades tan cándidas: beber alcohol para ser mas “guay“, hacer gala de algún tipo de violencia contra las fuerzas del orden y contra la ley para ser más “interesante“, el prejuicio que obstaculiza la correcta comprensión de la amistad y las relaciones sexuales en una comedia juvenil que se ríe de la adolescencia para hablar de ella con gran sensibilidad.




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viernes, noviembre 09, 2007

La invasión de los Ultracuerpos (deshumanización y terror psicológico)

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La invasión de los ladrones de cuerpos, firmada por Don Siegel (1956), ya era un notable cuento de terror con implicaciones sociológicas, inspirado en un determinado momento del periodo de la guerra fría y la neurosis colectiva provocada por el senador McCharty. Aquella película jugaba con una idea que afecta a un temor tan universal y hondo como el miedo a perder el alma (o descubrir que nuestros seres cercanos, de repente, han dejado de ser ellos mismos), o - utilizando un lenguaje libre de connotaciones religiosas - de perder la humanidad. Esta resuelta con pocos recursos económicos pero gran talento a la hora de utilizar el blanco y negro para enfatizar la sensación de paranoia mediante el juego de luces y sombras, un magnífico guión con el que lograba desplegar la descripción costumbrista, pasando por el cine noir hasta la realidad de la pesadilla en la que desemboca de forma progresiva.

La invasión de los ultracuerpos (Philip Kaufman , 1978) es el perfecto ejemplo de que un remake nunca es innecesario siempre que el potencial de una historia se preste a revisitaciones que nos permitan vislumbrar nuevos matices al ritmo de los tiempos que corren, tan acelerados como la colonización de cuerpos y mentes expuesta en pantalla . En este caso, Kaufman elabora una alegoría mucho más actual y genérica, pues la invasión del referido título y la pesadilla narrada puede ser una advertencia de lo que la sociedad actual puede llegar a ser si la homogeneización de los estilos de vida, la pérdida de valores y el inmiscuirse en una red de relaciones puramente productivas, impersonales y sometidas al reloj de la maquinaria social, continúan ganando adeptos. Expresado así suena rimbombante, pero lo cierto es que estamos hablando de una alegoría sobre la esclavitud y la inconsciencia en la sociedad actual, y la paranoia del ser humano que se sabe víctima de sí mismo.

Quizá el prólogo, en el que vemos el origen extraterrestre del organismo biológico causante del drama, resulta demasiado explícito y ahoga la posibilidad de que el discurso gane ambigüedad en su recorrido entre el planteamiento de una neurosis colectiva y la presencial real de seres de otro mundo. Por tanto, un prólogo innecesario, pero la descripción de cómo un grupo células vegetales aterrizan en la tierra y comienzan a desarrollarse sobre las hojas de otros árboles por causa del contacto con el agua esta filmada con la adecuada cadencia y fijación en el detalle, augura el posterior desasosiego cuando la protagonista de la película hace su primera aparición para arrancar un brote de la flor venida de otro mundo mientras la cámara de Kaufman dibuja zigzags para recrear la visión del personaje (Robert Duvall) que se mece en un columpio junto a unos niños. Alguien vigila...

La mejor baza del film es un notable trabajo de montaje y el uso del conjunto para crear una atmósfera inquietante de principio a fin. Las calles y las miradas desde un segundo plano que insinúan el control , la violencia aislada como un presagio del declive moral. Un detalle importante es la presencia de personajes que actúan como autómatas ya desde el inicio, reflejo de una sociedad que comienza a declinar sin que casi nadie sea consciente de ello. Entramos en un mundo dominado por el reloj y amenazado por la polución y la dejadez. Nuestro protagonista (Donald Sutherland), un rudo inspector de sanidad, halla mierda de rata en el guiso de un restaurante, reprende al responsable para luego encontrar una botella de vidrio sobre el parabrisas del coche. La deshumanización empieza en el plano de orden social conocido para posteriormente manifestarse en una pesadilla de ciencia-ficción.

La cultura humana se asienta en gran medida sobre nuestra capacidad de sentir, emocionarse, la sensible percepción del mundo y sus fenómenos nos introduce en una espiral de dolorosas contradicciones. Si eliminamos la sensibilidad, eliminamos nuestra vulnerabilidad. La única meta es sobrevivir y eliminar a todos aquellos que se resistan a ser meros autómatas. La visualización de Kaufman construye la asfixiante soledad de dos personas acosadas por el nuevo orden deshumanizador; el plano secuencia nos muestra las piernas de los dos protagonistas caminando por la calle al encuentro de otras piernas que avanzan en dirección opuesta, hasta que advierten la identidad de los dos “extraños”. Entonces vuelven sobre sus pasos para comenzar la despiadada persecución. La mayoría social conspira inspirándose en el odio al diferente. El mismo lenguaje gestual de los ultra cuerpos incide en esto con gran eficacia: el brazo extendido hacia delante y el dedo que señala al “extraño” al tiempo que profiere un grito de animalidad. Hasta qué profunda deshumanización podemos llegar...

A destacar también el variado surtido de personajes, el cual contribuye a una narración que se hace bastante lúdica a pesar de ser una alegoría mucho más penetrante - y densa - de lo que parece a simple vista. Mención especial para el carisma de Donald Sutherland, la siempre justificada sobreactuación de una actriz como Veronica Cartwright y la excéntrica pose de Jeff Goldblum. Si metemos a Mr. Spock- Leonard Nimoy puede resultar un cóctel insano, pero el caso es que funciona, y la caracterización del bloque humano central que luchará contra los invasores es una cualidad imprescindible en este filme.


Concluyendo, lo cierto es que es una gran historia de la que se puede sacar muchísimo partido: como película de terror, como película de ciencia ficción, como reflexión sociológica (aspectos perturbadores de las relaciones humanas, la perdida confianza en el ser humano, la globalización y el fin de la diversidad, hacia una sociedad de autómatas, etc). Sin embargo, si atendemos a todas las posibilidades de su contenido, ni la versión de Siegel ni la de Kaufman aprovechan todo su potencial. Por tanto, siendo dos obras ejemplares en su ámbito, La invasión de los ladrones de cuerpos sigue esperando una mano maestra que la eleve al merecido estado de perfección.




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domingo, noviembre 04, 2007

Shoot Em Up ( juego de balas y humor cínico)

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Fulgurante hipérbole en torno al cine de acción (que no del cine de acción) la que Michael Davis nos ofrece en este despiporre de referencias al estilo gráfico y cinético del cómic y de la mitología de la denominada serie z en su conjunto. La falta de honestidad y coherencia para con el público y para con la misma esencia del producto suele ser un problema en un género como el de “cine de tiros y mamporros”, como en el reciente caso de la trilogía de Bourne , pretencioso aparato vacuo cuya posible validez se desintegraba por causa de un alarmante desequilibrio entre historia y desarrollo (fingido, tramposo), entre la desquiciada e imprecisa cámara de Greengrass (que pretendía ser la misma acción sin que dicha acción necesitara de tanto artificio) y el contenido dramático que - supuestamente - motivaba todo el torbellino de persecuciones paranoides.

En Shoot Em Up hallamos una pieza desnuda de efectismos que pretendan ensalzar éste género cinematográfico más allá de sus atributos esenciales. El mismo título insinúa la naturaleza del producto: una multiplicación de tiros y puntos de mira que van desarrollando la persecución y la trama hasta un desenlace a la altura de la broma propuesta ya desde el inicio. Cabría suponer que tras el festín de artillería e hilarante imaginación se esconde la vulgaridad y el vacío afines al guionista que no tiene nada que contar y que se limita a encandilar al espectador a base de ritmos frenéticos. Pero, insistamos en una regla de oro, tomemos conciencia de que cierto tipo de cine se compone de esencias que son historias narradas con la suficiente capacidad de síntesis y de manera concisa.

Si el producto sabe lo que quiere ser, y si en la secuencia Idea-ejecución de la Idea percibimos la necesaria claridad expositiva, las demás consideraciones se pierden en discursos autocomplacientes. Shoot Em Up construye su propio estilo inspirándose en un vasto universo de referencias a pulso de humor cínico y juegos de palabras tan nervudos y electrizantes como la misma configuración del montaje, que logra crear un magnífico ritmo de imágenes y secuencias enlazadas de tal forma que la sensación trasmitida por este espectáculo del delirio y de las situaciones imposibles terminan convirtiéndose en el alma de un filme perfectamente orientado hacia un ejercicio de libérrima evasión, pero, en absoluto, vacuo. De hecho, lo inverosímil de las situaciones expuestas es la expresión de las leyes implícitas en el subgénero, atendiendo siempre a que estamos ante esa clase de películas que no se toman en serio a sí mismas y, más concretamente, a los clichés homenajeados. El cine espectáculo demostró hace ya mucho tiempo que su legitimidad radica en la sencillez y precisión en sus propuestas, y sería injusto no reconocer la fluidez expresiva y formal de esta pieza.


Al estupendo ritmo se le suma el ingenio gamberro del diálogo, jugando con los dobles sentidos. La frase que mejor ejemplifica esa construcción narrativa desglosada en los dos estratos de lúdica evasión que le otorgan su mejor expresión fílmica: el ritmo frenético de las imágenes y el diálogo que punza a base de sarcasmos y humor cínico: Qué manera de vaciar la pistola.

En síntesis, una película honesta consigo misma y con el público, cine de acción ejemplar, encuentra su equilibrio entre la vulgaridad y el ingenio para resultar entretenida sin caer en innecesarias espesuras. Lástima, en cualquier caso, que los perfiles de los personajes secundarios estén un tanto dejados a modo de simple relleno (independientemente del divertido duelo entre Paul Giamatti y Clive Owen), que algunas - muy pocas - secuencias de acción no estén a la altura del conjunto y que, tal vez, lo que a grandes rasgos es un ejemplo de mesura en un espectáculo hiperbólico (cosa nada fácil), por momentos tiende hacia el mal gusto. Disfrútenla y juzguen ustedes mismos, porque al menos aquí sí hay talento para el fin perseguido. Si no les gusta no es culpa nuestra, ni tampoco de Michael Davis.




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