Noche de miedo ( un bello Nosferatu)
VALORACIÓN

Es lugar común afirmar que la década de los ochenta fue la más espléndida para el convencionalmente llamado “cine de entretenimiento”, por su prodigiosa capacidad de traducir los perfiles de la adolescencia a unos ámbitos clasicistas que eran homenajeados a base de parodias que solo podían encontrar una correspondencia - y el uso tan receptivo que el público hizo de ello - en el arranque de la expansión definitiva de la era pop. Fright Night, de Tom Holland, era un reclamo equivalente a su coetánea estrenada en el mismo año de 1985, Back to the future; el logro alcanzado por ésta en la estandarización de uno de los temas más atractivos dentro de la Sci-Fi (los viajes en el tiempo) la que ahora nos ocupa hizo lo propio con las historias de terror sobre vampiros. Fórmula, ingrediente y esquema son los mismos en las dos películas citadas, e incluso el personaje de Peter Vincent - aquí una clara referencia a Van Helsing - es el perfil transferido de Doc Brown ( Christopher Lloyd, sin duda el actor que mejor hubiera encarnado al mismo Vincent). La construcción narrativa sigue un patrón de clásico implacable que expone sus elementos naïf sin olvidar el romanticismo gótico que le corresponde a la imponente presencia de Chris Sarandon en su papel de bello Nosferatu . La imagen de la luna llena y el aullido del lobo inicia un plano- secuencia que decribe un complejo de casas unifamiliares hacia la habitación donde confluyen el adolescente protagonista, su novia y el matavampiros televisivo, los tres personajes que dan sentido a toda la acción hasta la secuencia resolutiva que transcurre en el sótano del hogar del vampiro. La secuencia final - conclusión solapada con la del inicio - es la que define la idea de este viaje ante el cual resulta tentador valorarlo como si fuera un juguete de evasión nostálgica, dotado de la pericia de incluir en sus registros dramáticos a la soledad del monstruo, tanto en la dolorosa derrota final del vampiro como en ese freak adolescente - conocido por el apodo de “rata” - convertido en lastimera criatura de la noche. El guión, sencillo y conciso, por momentos estancado en la deriva de la mecánica que impone el planteamiento tonal, supone un ejemplo de artesanía que ensalza el vigor de estos aromas de mitología del underground y arquetipos que han configurado el cine de terror. Y ésta es una expresión que nos permite gozar de ello desde la simpleza de unos contornos que se saben parte de un juego paródico, pero a la vez nos deja imágenes aterradoras que confirman ese extraño desasosiego inducido por una película que en apariencia solo quiere efectuar el susodicho “entretenimiento”. Pero ese supuesto entretenimiento - en el sentido de ser una evasión por el cauce de la narrativa - no existe, sino al contrario, y desde el prisma de lo puramente estético, es una inmersión cálida y sin fisuras en los clichés de siempre bajo una mirada bizarra de refulgente espontaneidad. Sería un error dejarse llevar por la sensación de lo mucho que ha envejecido con el paso del tiempo y no apreciar la precisión y fluidez que conserva el molde original. La industria impone los cambios y pretende robarnos el buen gusto, pero ahí queda el trabajo bien hecho.


Es lugar común afirmar que la década de los ochenta fue la más espléndida para el convencionalmente llamado “cine de entretenimiento”, por su prodigiosa capacidad de traducir los perfiles de la adolescencia a unos ámbitos clasicistas que eran homenajeados a base de parodias que solo podían encontrar una correspondencia - y el uso tan receptivo que el público hizo de ello - en el arranque de la expansión definitiva de la era pop. Fright Night, de Tom Holland, era un reclamo equivalente a su coetánea estrenada en el mismo año de 1985, Back to the future; el logro alcanzado por ésta en la estandarización de uno de los temas más atractivos dentro de la Sci-Fi (los viajes en el tiempo) la que ahora nos ocupa hizo lo propio con las historias de terror sobre vampiros. Fórmula, ingrediente y esquema son los mismos en las dos películas citadas, e incluso el personaje de Peter Vincent - aquí una clara referencia a Van Helsing - es el perfil transferido de Doc Brown ( Christopher Lloyd, sin duda el actor que mejor hubiera encarnado al mismo Vincent). La construcción narrativa sigue un patrón de clásico implacable que expone sus elementos naïf sin olvidar el romanticismo gótico que le corresponde a la imponente presencia de Chris Sarandon en su papel de bello Nosferatu . La imagen de la luna llena y el aullido del lobo inicia un plano- secuencia que decribe un complejo de casas unifamiliares hacia la habitación donde confluyen el adolescente protagonista, su novia y el matavampiros televisivo, los tres personajes que dan sentido a toda la acción hasta la secuencia resolutiva que transcurre en el sótano del hogar del vampiro. La secuencia final - conclusión solapada con la del inicio - es la que define la idea de este viaje ante el cual resulta tentador valorarlo como si fuera un juguete de evasión nostálgica, dotado de la pericia de incluir en sus registros dramáticos a la soledad del monstruo, tanto en la dolorosa derrota final del vampiro como en ese freak adolescente - conocido por el apodo de “rata” - convertido en lastimera criatura de la noche. El guión, sencillo y conciso, por momentos estancado en la deriva de la mecánica que impone el planteamiento tonal, supone un ejemplo de artesanía que ensalza el vigor de estos aromas de mitología del underground y arquetipos que han configurado el cine de terror. Y ésta es una expresión que nos permite gozar de ello desde la simpleza de unos contornos que se saben parte de un juego paródico, pero a la vez nos deja imágenes aterradoras que confirman ese extraño desasosiego inducido por una película que en apariencia solo quiere efectuar el susodicho “entretenimiento”. Pero ese supuesto entretenimiento - en el sentido de ser una evasión por el cauce de la narrativa - no existe, sino al contrario, y desde el prisma de lo puramente estético, es una inmersión cálida y sin fisuras en los clichés de siempre bajo una mirada bizarra de refulgente espontaneidad. Sería un error dejarse llevar por la sensación de lo mucho que ha envejecido con el paso del tiempo y no apreciar la precisión y fluidez que conserva el molde original. La industria impone los cambios y pretende robarnos el buen gusto, pero ahí queda el trabajo bien hecho.
Etiquetas: terror























