Fórum (V) Apuntes

El secreto de sus ojos, Juan José Campanella, 2009. El camino más intrincado posible - tanto en lo concerniente a la psicología de los personajes como a la articulación de los distintos pasajes de este laberinto policiaco y sentimental - para llegar a la Imagen de una historia de amor que incluso hasta su agónico final no deja de ser la síntesis de todo el contenido en perfecto orden. Pasado y presente, engaño y verdad, apariencia y realidad, orden y caos. La venganza es tan profunda como el amor. El asesino merece la misma compasión que sus víctimas. Siendo un discurso tan pasional, la mirada de Campanella presenta su propia razón fría de los hechos al establecer el adecuado paralelismo entre el personaje que ejecuta la venganza, la penitencia del asesino, y los principios del representante de la ley enfrentado a la autoridad, todos partiendo de un pasado que necesita ser resuelto. Esa es la razón, el crimen (evocado o recordado) como perfecto catalizador de la construcción de una biografía personal que es mucho más que los acontecimientos exactos. Y es que, en verdad, la acción en la vida esta hecha de hechos empíricos, pero es la figuración la que le permite al escritor o al cineasta indicar de qué va esto de la vida, al margen de lo sórdido o idílico que caracteriza la experiencia narrada. Obra excepcional.

Invictus, Clint Eastwood, 2009. En primer lugar, la película es más un acontecimiento sociológico, una noticia de prensa sensacionalista, o una advertencia que trasciende lo cinematográfico. Un trazo siniestro de realidad global manifestado abiertamente por uno de los cineastas más aclamados y aceptados en nuestros días, y desde diversos sectores ideológicos. El deporte es la construcción nacional, como la religión, es un factor generalizado para cohesionar la sociedad en según qué coyunturas. No es una parábola, es un proceso político. Eastwood no es un cineasta obvio y excesivamente explícito, nos muestra la religiosidad de su personaje central y el sentimiento de un colectivo con el objeto de plasmar eficientemente esa realidad que se intuye tras la ficción. La lucha de clases o de razas se resuelve con una liturgia, y el ser humano es un ser simbólico. Dentro de unas décadas entenderemos mejor por qué precisamente ahora, en nuestra peor crisis desde el comienzo del régimen democrático en España vivimos la mejor época de la selección nacional de fútbol, como tampoco es difícil adivinar el origen de la hegemonía futbolística de Italia y Alemania hasta hace pocos años, analizando todo lo que a nivel social y político se estaba cociendo en esas naciones durante las primeras décadas del siglo XX. ¿Conspiraciones y conspiranoias?. No, simplemente habría que investigar los mecanismos y avances de la ingeniería social, y cómo ésta opera en determinadas coyunturas a nivel local o global. Eastwood, por su parte y ya en otro orden de cosas, hace lo que puede y sabe como artesano funcional. Hacernos parte de la liturgia.

The road, John Hillcoat, 2009. Recreación plástica de un escenario que cataliza los temores de hoy, cuando el milenarismo crece a nivel global. La base literaria obnubila por completo al proyecto cinematográfico, a modo de radiografía sobre la supervivencia tras la extinción de un modo de vida, dejando el desarrollo en un estatismo exasperante. Por tanto, si es un cuadro sobre los terrores del fin de los tiempos, la composición de Hillcoat es tan inocua como su discurso. Si fuera una "road-movie", es tan esquelética que elimina el ingrediente esencial y queda a expensas de la composición de imágenes. En el peor de los casos, da la impresión de que la violencia y la tragedia no están representadas (es decir, no hay contenido), sino que se rige por los presupuestos del continente, del escenario. Solo hemos visto perfiles y contexto, no hay desarrollo dramático que sea relevante más allá de un esquema.

The Amitivylle horror, Stuart Rosenberg, 1979. Curiosa obra seminal. Propia de la década de los setenta, engarzando suspense y miedo con desmadradas ínfulas de psicoanálisis y elegía familiar. Su influencia y atractivo se basa en lo que tiene de rareza al uso, cine experimental, con algunos planos-secuencia que nos recuerdan a Ingmar Bergman (¡!), por el recorrido atmosférico que efectúa desde los distintos espacios de la casa. La clave está en la perspectiva de cada personaje, es la que define el encantamiento de Amityville. Pero todo discurre con pulso volátil. ¿Película realmente fallida, o una de esas expresiones muy sui géneris que rebasan toda expectativa común, con sus propias leyes internas que nos remiten a la lírica de un juego incómodo para el espectador?. Es decir, en vez de mostrar las respuestas que exige la dramática convencional, de forma consciente y controlada se obstina en abordar contingencias, haciendo que en su sonado anticlimax el protagonista sea un cánido, culminando la deconstrucción del relato gótico en el que solo hubiera sido narrativamente relevante la inmersión en el averno (sótano) y el encuentro cara a cara con el Mal.
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